lunes, 18 de mayo de 2015

¡Bienvenido!

Suena el despertador, se mueve en la cama queriendo escapar del paso del tiempo; su cuerpo aun torpe, se desliza por el pasillo hacia el baño, con sus ojos pegados, entre manos y agua fría, logra despabilarse.
Camina e incorpora al camino, gente que pasa, ruidos, autos, motos, micros que frenan y siguen, y más autos; de tanto en tanto, se detiene y mira a ambos lados para cruzar las calles del estruendo; llega al destino provisorio, sube las imponentes escaleras de aquel palacio, donde se encontraría con la molécula del mundo que transita.
Sin que nadie note su llegada, se incorpora en último lugar a la fila; algunos pocos, piden permiso al pasar, otros tantos la chocan con toda la revolución desencausada que cargan en sí. Se desplazan a su alrededor maniquíes abrillantados, exageradamente decorados en las irregularidades de sus rostros; perfumes desmedidos e invasores se combinan en la atmósfera que debe respirar, mientras espera. Asientos con múltiples siluetas, presentes tan solo en sus preocupaciones creadas, acompañan la fila de la que ya es parte. Con mayor atención, comienza a observarlas, se detiene entre dos asientos unidos por la mirada despreciadora de una hacia la que come con miedo y apurada, absorbida por la gran pantalla; de pronto la queja de otra silueta, guía su observación al momento de la explicación carente de sentido y concluida con el descontento masificado; a su lado el diálogo incomprensivo entre dos, divididos por un gran mármol frío, hablan el mismo idioma, en una jerga distinta, es evidente que no se comprendan, y uno de ellos lo sabe, ¡y le gusta!, lo siente y deja escapar por su mirada, la repugnante elevación sobre el otro.
Respira, repudia el entorno, se le oprime el alma y desgarran las venas. Retorna la observación y el desprecio hacia el otro se hace visible, en la mirada de todas las siluetas consumidas en sus puestos; la agresión toma forma y se manifiesta contra la que no puede llegar sola hasta el tan anhelado muro divisorio, la pisan y matan, se miran y asienten entre todas, ¡era un estorbo en la carrera de hielos!.
No aguanta, quiere gritar y no puede, quiere correr escapando pero esta inmóvil; se crea ante tanta crueldad extrema complacida, la lágrima. Brota entre sus ojos, se desliza por su rostro y cae en un ¡PLAF! sobre el piso; el que minuciosamente comienza a desgranarse, agrietándose por tanto peso, el color ya no brilla, todo es pálido y ocre; logra ver los hilos, hasta entonces invisibles, de las marionetas de aquel mundo mecánico, la gran maquina frente a sus ojos, se mueve sin dejar detalle al libre accionar, mueve cada hilo con total liviandad; ruido de cadenas oxidadas, lubricadas por el sudor del títere indiferente, son ahora la realidad visible.
Descubre sin poder olvidar, la esclavitud encubierta del ciego egoísta; invade su cuerpo el dolor del que ve y el grito desgarrador en repudio, silenciado por oídos manipulados por la maquina automática, la que no deja de mover sus palancas topadoras. Aun no vislumbra quien la maneja, se pregunta y cuestiona sobre la insensatez arraigada, el misterio de la ceguera que apodero al hombre y le hizo creer que veía; instante en el que logra ver su propio hilo y la palanca que va hacia él, en movimiento automático.

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