Suena el despertador, se mueve en la cama queriendo escapar
del paso del tiempo; su cuerpo aun torpe, se desliza por el pasillo hacia el
baño, con sus ojos pegados, entre manos y agua fría, logra despabilarse.
Camina e incorpora al camino, gente que pasa, ruidos, autos,
motos, micros que frenan y siguen, y más autos; de tanto en tanto, se detiene y
mira a ambos lados para cruzar las calles del estruendo; llega al destino
provisorio, sube las imponentes escaleras de aquel palacio, donde se encontraría
con la molécula del mundo que transita.
Sin que nadie note su llegada, se incorpora en último lugar
a la fila; algunos pocos, piden permiso al pasar, otros tantos la chocan con
toda la revolución desencausada que cargan en sí. Se desplazan a su alrededor
maniquíes abrillantados, exageradamente decorados en las irregularidades de sus
rostros; perfumes desmedidos e invasores se combinan en la atmósfera que debe
respirar, mientras espera. Asientos con múltiples siluetas, presentes tan solo
en sus preocupaciones creadas, acompañan la fila de la que ya es parte. Con
mayor atención, comienza a observarlas, se detiene entre dos asientos unidos
por la mirada despreciadora de una hacia la que come con miedo y apurada,
absorbida por la gran pantalla; de pronto la queja de otra silueta, guía su
observación al momento de la explicación carente de sentido y concluida con el
descontento masificado; a su lado el diálogo incomprensivo entre dos, divididos
por un gran mármol frío, hablan el mismo idioma, en una jerga distinta, es evidente que no se comprendan, y uno de ellos lo sabe, ¡y le gusta!, lo siente
y deja escapar por su mirada, la repugnante elevación sobre el otro.
Respira, repudia el entorno, se le oprime el alma y
desgarran las venas. Retorna la observación y el desprecio hacia el otro se
hace visible, en la mirada de todas las siluetas consumidas en sus puestos; la
agresión toma forma y se manifiesta contra la que no puede llegar sola
hasta el tan anhelado muro divisorio, la pisan y matan, se miran y asienten
entre todas, ¡era un estorbo en la carrera de hielos!.
No aguanta, quiere gritar y no puede, quiere correr
escapando pero esta inmóvil; se crea ante tanta crueldad extrema complacida, la
lágrima. Brota entre sus ojos, se desliza por su rostro y cae en un ¡PLAF! sobre el piso; el que minuciosamente comienza a desgranarse, agrietándose por
tanto peso, el color ya no brilla, todo es pálido y ocre; logra ver los hilos,
hasta entonces invisibles, de las marionetas de aquel mundo mecánico, la gran
maquina frente a sus ojos, se mueve sin dejar detalle al libre accionar, mueve
cada hilo con total liviandad; ruido de cadenas oxidadas, lubricadas por el
sudor del títere indiferente, son ahora la realidad visible.
Descubre sin poder olvidar, la esclavitud encubierta del
ciego egoísta; invade su cuerpo el dolor del que ve y el grito desgarrador en
repudio, silenciado por oídos manipulados por la maquina automática, la que
no deja de mover sus palancas topadoras. Aun no vislumbra quien la maneja, se
pregunta y cuestiona sobre la insensatez arraigada, el misterio de la ceguera
que apodero al hombre y le hizo creer que veía; instante en el que logra
ver su propio hilo y la palanca que va hacia él, en movimiento automático.
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